martes, 28 de enero de 2014

'Palabras...'

                                                  ‘PALABRAS…’
La gente sigue hablando sin pararse a pensar en lo que dice. Miles de comentarios, y cada cual más fuera de lugar. Hablan sin pensar en el daño que pueden hacer o en lo equivocados que pueden estar. Simplemente abren los labios y dejan que las palabras fluyan, salgan de su boca a borbotones. Y es la pura verdad: vivimos en un mundo en el que las personas critican el físico cuando es una de las cosas más subjetivas que existen y hieren con frías palabras que se clavan en la mente como afilados puñales de hielo. Pero eso no importa, en este mísero mundo únicamente es importante uno mismo, el resto de la humanidad está por detrás.
Y eso por no ponernos a hablar de las miradas de acero que perforan tu nuca cuando pasas delante de un grupo de críos, o de adolescentes, o de personas mayores… no importa la edad; si total, todos son iguales.
Piensan que eres de hierro pero tienes corazón; eres un ser humano, con defectos y virtudes, y tienes derecho a equivocarte: no eres perfecto. Aunque por desgracia eso es algo que no todo el mundo entiende; porque aunque siempre inundes tu cara con una sonrisa, lo haces por no preocupar a la gente, porque a nadie le importa lo que te pase o te deje de pasar.
Y ahí está el momento en el que fallas y el mundo se te echa encima, sin compasión, sin sentimiento alguno que llegue a ese pequeño órgano que bombea sangre sin parar, situado a la izquierda de nuestro pecho. Ese mismo órgano que se llena de impotencia dentro de ti porque sabes que hay veces en las que la posibilidad de cambiar las cosas no está en tus manos, que hay ocasiones en las que querer no es poder. Sin embargo sigues intentándolo, tu esfuerzo persiste y no tienes intención alguna de dar a tu cerebro la orden de que deje de hacerlo, de que pare, que es inútil, que lo único que estás consiguiendo en joderte más… pero no puedes.
Entonces crees desfallecer. La música retumba en tus oídos: canciones llenas de significado, letras que te hacen seguir pensando hasta que no puedes más. Y entonces estallas: la primera lágrima es el pistoletazo de salida que da comienzo a una rápida carrera llena de emociones, en la que cada segundo, nuevos participantes se unen y luchan por llegar a la meta.
Dolor. Eso es lo que sientes. Un intenso dolor de cabeza que atormenta tu cuerpo. ¿Es que no lo comprenden o qué? Eres un ser humano, joder, no uno sobrenatural creado por Dios para alcanzar la perfección. Pero nadie lo entiende, y una vez la cagas, lo llevas crudo… Reproches, miradas, y millones de gestos que dejan tu autoestima por los suelos.
Y aunque parezca mentira, es totalmente cierto, y lo sabes. En momentos como ese tienes que ser fuerte, más fuerte que lo que nunca hayas ido; porque no hay vuelta atrás, ahora solo queda mirar hacia adelante y demostrar que aunque alguien se haya encargado de hundirte, vas a tener el valor de demostrarle quién eres, que no te das por vencido, que todo lo que te propones lo consigues.
No te quieras engañar, sabes que es verdad: ha llegado el momento de salir y demostrar quién eres, tu verdadero ‘yo’, ese que tanto tiempo, dolor y sufrimiento te ha conseguido encontrar; pero ahora que lo has hecho, no lo dejes escapar.
Lo tenías que haber hecho mucho antes y eres consciente de ello, pero el pasado es un tema que no admite segundas oportunidades, ni cambios. Una vez lo has hecho no hay vuelta atrás.
No tienen razones para utilizarte de esa forma. Tú nunca lo haces; es más, solamente intentas solucionar las cosas y dar a los demás la mejor parte de ti. Pero ya sabes lo que se suele decir, que de buena a tonta hay un paso. Y tú lo has dado; has dejado que se aprovechen de esa niña que llevas dentro.
Paras la música, pero el dolor de cabeza continúa, y es que no se conforma con mantener el nivel de tortura, sino que más bien aumenta de forma progresiva atormentando tus pensamientos. Y en esos momentos, tus párpados se cierran dando paso a un profundo sueño que te ayudaría a despejar esa martirizada cabecita que hoy se ha ocupado de dar mil y una vueltas a ciertas cosas sin explicación.
Hora y media más tarde, enredada entre unas esponjosas sábanas de algodón, se encuentran esas delicadas piernas de las cuales eres dueña. Una vez consigues sacarlas de ese dulce y agradable enredo, comienzas a darte cuenta de las cosas: de que en tu habitación está sonando esa canción que tanto te gusta, ‘Angel’ de The Corrs; de que un sol cegador entra por las rejillas de las persianas que dejaste abiertas por puro agotamiento, lo cual quiere decir que el verano está entrando, y que únicamente queda la recta final para esas esperadas vacaciones de verano; de que en una de las blancas estanterías situadas encima de ti hay una conmovedora foto en blanco y negro de aquellas personas que han demostrado conocer el verdadero significado de la palabra amistad; y de que sobre el escritorio tienes el calendario personalizado que te regaló tu hermanita por navidades, con una cruz rotulada por un grueso permanente gordo en el día 30 de ese mismo mes que indica que Ainhoa está a punto de llegar, tu tía sale de cuentas.
Te levantas, te vistes sin prisa alguna, y una vez te colocas esos llamativos shorts vaqueros, las zapatillas de andar por casa vuelven a tus pies para permitirte seguir vagabundeando por la habitación al tiempo que colocas los desperfectos que causaste en ella por la desolación que amenazaba tu cuerpo el día anterior.
Encuentras el teléfono bajo la cama, y en su pantalla de inicio 248 notificaciones: 235 pertenecen a whatsapps con diferentes motivos; las trece restantes son mensajes y llamadas suyas; pero ayer necesitabas estar sola y pensar… por lo que apagaste el móvil y le quitaste la batería.
Poco a poco comienzas la lectura de todos y cada uno de los mensajes y piensas en la respuesta que van a recibir aquellas personas que están preocupadas por ti de verdad. Ayer las dejaste muy disgustadas, por lo que lo más probable es que sus horas de sueño hayan sido más bien escasas. Son pocas, pero son las importantes. Aquellas que te quieren por ser quien eres, con tus más y tus menos. No importa dónde las conociste, si fue disfrutando con ese sueño al que las personas ajenas a su esencia llaman ‘baloncesto’, o fue en el mismo colegio en el que hoy día continúas tus estudios; ni mucho menos cuándo tuvo lugar ese premio que el destino te concedió, porque por muy corto que sea el camino, quien pisa fuerte, deja huella.
La clave está en que son ellas las que te están enseñando a ignorar eso que tanto sufrimiento te ha hecho vivir; porque al fin y al cabo son simples palabras traídas por la envidia; pero una vez han sido pronunciadas se las lleva el viento. Y no intentes buscarlas para borrar los daños ocasionados porque es inútil: son PALABRAS.

'Uno más uno son cinco'

‘UNO MÁS UNO SON CINCO’

Diferentes y a la vez tan iguales. Como un puñado de gotas de agua que manan de una cascada; formadas por átomos idénticos y una misma configuración. Pero cada una con una forma, tamaño y  manera de ver el mundo. Y eso es lo que las hace compenetrar, juntarse y parecer una sola.
Toca día de playa, y Andrea es la encargada de la cámara: una Canon de las más modernas. Qué mejor que una colorida sesión fotográfica en un lugar como ese dirigida por una réflex de ese tipo para captar el impacto que hace sobre las chicas la inesperada visita de Andrea.
El ruido de las chanclas sobre el asfalto es el único sonido que se escucha sobre el paseo marítimo en esos momentos. Se baja las gafas de sol y consigue vislumbrar a lo lejos, la figura de sus cuatro amigas: Chloè, África, Clara y Helen. Sentadas en la arena sobre dos grandes toallas se encuentran jugando a las cartas, o eso parece, aunque puede que el sol le esté jugando una mala pasada. Baja las escaleras, y en el último peldaño se deshace de sus sandalias, las coge con su mano derecha, y se dispone a introducir los pies en la suave arena  típica de esas tierras. Con paso firme, emprende el camino hacia la zona en la que se encuentra la sombrilla de Coca Cola. Helen la ve al instante, y tras un grito de sorpresa, comienza a correr en su búsqueda. Su largo y rubio pelo acompaña la carrera formando enormes hondas que se ven iluminadas por el resplandor del cielo en aquel cálido día de verano.
Un abrazo de película. Se quieren y se ve a distancia. Cogen la cámara y dan paso al comienzo de la sesión: autofotos con morritos, guiños y diferentes caras; cada cual más divertida. Y es que, lo más seguro, es que dentro de cinco años, cuando vean todas esas fotos, las lágrimas recorrerán sus rostros; porque en ellas se aprecian la cantidad de momentos que han vivido juntas. Son más que amigas, HERMANAS.
-¿Pero Helen dónde se ha metido? ¿Qué hacemos? ¿La saltamos o qué? –dice Clara a la vez que resopla.
-Si en cinco minutos no viene la pasamos, pero esperad que ha dicho que iba a por una Coca Cola.
Y la cosa está en que la visita de Andrea era una sorpresa para Clara. Se fue a vivir a Londres hace un año, y cuando vino a España por navidades resultó que ‘Cleer’ estaba en el pueblo de su padre y no la pudo ver, lo que la supuso un gran disgusto.
Clara se aburre. Helen sigue sin aparecer y está harta de colocar y recolocar las cartas en su mano. Ha conseguido incluso formar un perfecto abanico con ellas. En esos instantes, unas bronceadas manos tapan sus ojos con sumo cuidado. ¿Quién narices es ahora? No tiene la más remota idea, aunque poco tarda en reconocer ese peculiar olor a coco. Juraría que es Andrea, pero no se hace ilusiones porque sabe que su amiga no se encuentra ni tan siquiera en España. Las ganas que tiene de achucharla son tan grandes, que ya se ha imaginado numerosas veces el reencuentro  que tendrá lugar en unos meses, característico de un cuento de hadas. Catorce de agosto. Bendito día, lo que le está costando llegar. Ya ha pedido permiso a su madre para prepararla una fiesta sorpresa en su casa, una fiesta de bienvenida. En la puerta la van a hacer una enorme pancarta llena de fotos de cuando eran peques, con unos papines comestibles.
-¿Se puede saber cuándo me vais a decir quién es?-dice Clara levantando la voz. Pero parece que sus amigas siguen sin hacerla ni caso, porque las risas continúan sobre la arena.
Y por fin, como si de la voz de un ángel se tratase, la dulce voz de la persona que la impide ver la claridad del lugar, hace que Clara rompa a llorar, y entre multitud de lágrimas de triunfante alegría, abre sus enormes ojos marrones y se gira para ver con sus propios ojos lo que hace un rato pensó que eran falsas ilusiones: Andrea está allí. La joven abre sus brazos y aprieta junto a su pecho a su amiga, que ha roto a llorar y parece ser que la va a costar calmarse.
Ha pasado media hora. Grandes sonrisas inundan las caras de las cinco amigas, y es que no había mejor forma de haber comenzado el verano. Dos de ellas con el pelo claro, otras dos morenas, y una quinta pelirroja; largos cabellos, medias melenas…; pelo rizado, fascinantes hondas, y otras con un alisado similar al japonés. Y no solo el pelo, si no que ni siquiera comparten las cinco una misma nacionalidad, ni mucho menos, carácter. Pero eso es lo que las hace complementarse: lo que a unas las sobra a otras las falta.
Nueve años atrás, el primer día de una Primaria que daría de qué hablar.
Se saludan tímidamente, moviendo sus rechonchas manos de izquierda a derecha, aunque las dos parecen cabizbajas. Y es lo que pasa tras tres largos meses de verano, que las niñas (y más a esas edades), cuando se vuelven a ver, parecen completas desconocidas. Su madre la impulsa con cuidado por la espalda, intentando acercarla a la pequeña Helen, que se encuentra con otras dos niñas. A su izquierda, una niña con una larga melena pelirroja, y una redonda carita cubierta de graciosa pecas, que responde al nombre de Clara. Y a su derecha, una más rubia si cabe que la propia Helen, con un larguísimo pelo recogido en dos altas coletas. La última, con más desparpajo que las anteriores, opta por presentarse a sí misma y a sus dos compañeras.
-Me llamo Chloè, y soy prima de Helen. Nuestras madres son hermanas, aunque nosotras nos llevamos mucho mejor que ellas. Dice con una risueña vocecita al tiempo que mira de reojo a su tía, que suelta una sonora carcajada al oír las ocurrencias de su sobrina. – Y esta otra, es Clara. Ha venido a vivir aquí porque sus padres se han separado. Pero ella es de Barcelona, y habla muy gracioso, porque allí aunque también es España no hablan igual, y le cuesta un poco decir algunas cosas en español.
África no conoce a nadie. Y Andrea mira fijamente a Helen, sin atreverse a decir nada. No las conoce, y ella al principio es algo vergonzosa. Hizo parvulitos con Helen, y eran inseparables, por lo que sus padres optaron por que continuasen los estudios en el mismo colegio. Daba pena destrozar una amistad tan bonita como esa.
 Y un trece de julio del pasado verano, conoció a África. África es la hija adoptiva de Juan y Paloma, sus vecinos de abajo. Tenía cinco añitos, y procedía del Sahara. La pareja marchó en enero para ultimar los trámites de la adopción, y han estado viviendo hasta entonces en el continente. La verdad es que es una niña preciosa  que ha sufrido mucho. Sus padres la abandonaron a los tres días de nacer en un vertedero. Y ha necesitado ayuda psicológica para superarlo, porque aquello dejó secuelas en la pequeña. Desde aquel día, comenzaron a forjar una gran amistad. Todo el día juntas, tenían a la familia de la otra como segunda familia. Y los padres encantados, como no podía ser de otra forma.
Una vez abiertas las plazas de inscripción, ni Juan ni Paloma tuvieron una mínima duda al elegir el colegio en el que matricularían a su hija. Ella también iría con Andrea a clase.

Y ese diez de septiembre comenzó todo: Clara, Chloè y Helen; y Andrea y África comenzaron a formar grandes lazos de amistad, que ya habían comenzado a entrelazarse varios años atrás, en 1º de infantil; el día en que Andrea y Helen se conocieron. Esto tan solo fue el comienzo de una gran verdad: “ 1+1 son 5 ”.

Después de un día de playa inmejorable, fueron acogidas en casa de Helen. “Casa de ensueño” para todas sus amigas. En el inmenso jardín de aquella pequeña mansión, tumbadas en cinco cómodas hamacas blancas, se encuentran ellas, mirando las estrellas y contando anécdotas vividas por Andrea en la famosa ciudad londinense: miles de secretos que tan solo el perímetro del lugar en el que ocurrió era consciente de ello. Bueno, rectifico; el perímetro y por supuesto, las personas que protagonizaron el momento: su primera vez.
Ana, madre de una de las protagonistas y dueña de la casa, hizo más mágico aún ese final de película. Encendió el radiocasete y dio paso a los siguientes versos:
‘Una historia que habla de tiempos vividos / donde todo se engloba bajo el mismo sitio / la amistad / y eran lunas para disfrutar / sin pensar mañana que vendrás / sin preocuparnos que un día la magia / se iba a acabar’…
Tímidas, atrevidas, charlatanas, serias, risueñas… y muchos otros adjetivos que califican la forma de ser de nuestras cinco chicas. Pero todas ellas tienen claro que fueron unidas porque así lo quiso el destino, y no tienen la menor intención de llevarle la contraria.
Solamente palabras de agradecimiento salían de la boca de Clara aquel día:
Y así es, seré una pesada, pero hoy me toca dar a mí el sermón. Y es que, la verdad, no sé qué deciros que no sepáis ya. Pero quería daros de nuevo las gracias. Porque a mí me cuesta más abrirme en un principio, soy más cerrada, y encima llegué cuando el grupo ya estaba prácticamente formado. Pero hicisteis un esfuerzo y me abristeis camino. Me lo pusisteis todo muy fácil. Me disteis confianza y siempre habéis estado ahí, desde un principio, me ayudasteis a superar la separación de mis padres; y eso dice mucho de vosotras, ya que apenas me conocíais, y yo tampoco lo ponía demasiado sencillo.
Y ahora, pararos a pensar en todo lo que hemos vivido juntas. Y sí, aunque físicamente os conocí un 10 de septiembre, mi verdadera historia junto a vosotras comenzó aquel 21 de octubre, el día del cumpleaños de Andrea, con esa fabulosa fiesta pijama. Y al igual que esa muchas otras: cumpleaños, aquella primera comunión, excursiones de fin de curso, tardes de invierno de ‘peli y mantita’, días de playa o piscina, subidas al pantano, frías tardes en los congeladores bancos de la plaza, y la dolorosa fiesta de despedida de Andrea. Todas ellas nos han marcado, pero las huellas son parte del camino, un camino que quiero seguir junto a vosotras.
Os quiero, mis niñas

Únicamente las estrellas y la luna actuaron como testigos de aquellas palabras que inundaron de chispitas de emoción los ojos de las cinco. Un final inmejorable para terminar un caluroso día de verano en el que las estrellas no aparecieron en el cielo de Londres porque la luz de la ciudad se encontraba en España.

lunes, 27 de enero de 2014

'Tan necesario como el respirar'

TAN NECESARIO COMO EL RESPIRAR

Un día cualquiera de octubre a las siete y media de la tarde.
Otra mota de polvo cae sobre el escritorio. He perdido la cuenta, ¿cuántas serían? A mil estoy segura de haber llegado, pero en estos momentos recordar el número exacto es misión imposible. No me quedo corta al decir que el estrés va a poder conmigo, porque si tuviera pistola en mano, un tiro en la sien sería mano de santo.
Y al agobio que tengo por los exámenes se suman la rabia que siento al reconocer que como siempre, la “mami” tenía razón: una vez me sature tengo que dejarlo, despejarme, porque de esa forma me es inútil pasar horas y horas delante de todos los apuntes… y qué mejor forma para despejarme que hacer caso al Whats App de Ainara e ir una hora a entrenar con las mejores “petardas” que se puede tener. Y encima, las zapatillas llevan toda la tarde cabizbajas bajo la cama, y esa equipación pide a gritos salir a la pista. Decidido, lo necesito.
Cinco minutos más tarde de un día cualquiera de octubre.
-¡Mamá, en una hora vuelvo!¡ Adióooooos!
¡No me lo puedo creer! ¡Mi pequeña me ha hecho caso! Una vez cada quince años, vamos mejorando. Jajajaja- dijo la madre al tiempo que acuchaba a la niña.
Ya era de noche, y en aquel lugar, el silencio tan solo era irrumpido por el entrechocado de las hojas de los árboles y la música de fondo procedente de mis cascos: relajante y especial; canción que transporta a mi mente numerosos recuerdos de esos que gusta recapitular y almacenar en la memoria: Jueves, de la Oreja de Van Gogh.
A los pocos minutos llegué al polideportivo, y una sonrisa invadió mi rostro al oír, desde los pasillos, las risas procedentes de mi vestuario. Entré, nos saludamos, achuchamos y  besuqueamos; y una vez cambiadas, salimos al campo con esas típicas bromas que hacen especiales todos y cada uno de los días junto a ellas.

Hoy ha sido un día duro: físico, físico y más físico. Y para terminar alguna que otra práctica de tácticas defensivas…  El entrenamiento de lo que, según personas ajenas al deporte, es un grupo de crías con las hormonas totalmente revolucionadas que corren siguiendo un balón. Pero lo que esta gente no ve, es el gran esfuerzo, compromiso, sacrificio y otros muchos factores necesarios para formar un equipo como el nuestro, envidiable; principalmente por los lazos de amistad que hay entre todas las componentes del grupo: miles de historias diferentes, surgidas a partir de una misma pasión, una misma forma de evadirse del mundo, un mismo deporte: el baloncesto.
Y una vez más, admito que mis mayores tienen razón; y una vez regresé a casa, tan solo tardé media hora en estudiar el temario al cual iba a ser examinada.
Una última anotación: a mi lista de agradecimientos a las personas que me dieron la vida, tengo que añadir y darles las gracias por su insistencia en que llevemos a cabo la práctica de algún deporte. Ciertamente me dijeron en su día:
<< Practicar un deporte no es solo ganar, es conocer los valores de nuestra vida: constancia, respeto, responsabilidad…, mediante su práctica, formamos parte de nuestra vida como personas. Y recuerda: tú elegiste un deporte en equipo. Y debes saber que  el talento ganará partidos, pero los campeonatos son ganados por el trabajo en equipo, la disciplina, y la inteligencia.>>