La gente sigue hablando sin pararse
a pensar en lo que dice. Miles de comentarios, y cada cual más fuera de lugar.
Hablan sin pensar en el daño que pueden hacer o en lo equivocados que pueden
estar. Simplemente abren los labios y dejan que las palabras fluyan, salgan de
su boca a borbotones. Y es la pura verdad: vivimos en un mundo en el que las
personas critican el físico cuando es una de las cosas más subjetivas que
existen y hieren con frías palabras que se clavan en la mente como afilados
puñales de hielo. Pero eso no importa, en este mísero mundo únicamente es
importante uno mismo, el resto de la humanidad está por detrás.
Y eso por no ponernos a hablar de
las miradas de acero que perforan tu nuca cuando pasas delante de un grupo de
críos, o de adolescentes, o de personas mayores… no importa la edad; si total,
todos son iguales.
…
Piensan que eres de hierro pero
tienes corazón; eres un ser humano, con defectos y virtudes, y tienes derecho a
equivocarte: no eres perfecto. Aunque por desgracia eso es algo que no todo el
mundo entiende; porque aunque siempre inundes tu cara con una sonrisa, lo haces
por no preocupar a la gente, porque a nadie le importa lo que te pase o te deje
de pasar.
Y ahí está el momento en el que
fallas y el mundo se te echa encima, sin compasión, sin sentimiento alguno que
llegue a ese pequeño órgano que bombea sangre sin parar, situado a la izquierda
de nuestro pecho. Ese mismo órgano que se llena de impotencia dentro de ti porque
sabes que hay veces en las que la posibilidad de cambiar las cosas no está en
tus manos, que hay ocasiones en las que querer no es poder. Sin embargo sigues
intentándolo, tu esfuerzo persiste y no tienes intención alguna de dar a tu
cerebro la orden de que deje de hacerlo, de que pare, que es inútil, que lo
único que estás consiguiendo en joderte más… pero no puedes.
Entonces crees desfallecer. La
música retumba en tus oídos: canciones llenas de significado, letras que te
hacen seguir pensando hasta que no puedes más. Y entonces estallas: la primera
lágrima es el pistoletazo de salida que da comienzo a una rápida carrera llena
de emociones, en la que cada segundo, nuevos participantes se unen y luchan por
llegar a la meta.
Dolor. Eso es lo que sientes. Un
intenso dolor de cabeza que atormenta tu cuerpo. ¿Es que no lo comprenden o
qué? Eres un ser humano, joder, no uno sobrenatural creado por Dios para
alcanzar la perfección. Pero nadie lo entiende, y una vez la cagas, lo llevas
crudo… Reproches, miradas, y millones de gestos que dejan tu autoestima por los
suelos.
Y aunque parezca mentira, es totalmente
cierto, y lo sabes. En momentos como ese tienes que ser fuerte, más fuerte que
lo que nunca hayas ido; porque no hay vuelta atrás, ahora solo queda mirar
hacia adelante y demostrar que aunque alguien se haya encargado de hundirte,
vas a tener el valor de demostrarle quién eres, que no te das por vencido, que
todo lo que te propones lo consigues.
No te quieras engañar, sabes que
es verdad: ha llegado el momento de salir y demostrar quién eres, tu verdadero
‘yo’, ese que tanto tiempo, dolor y sufrimiento te ha conseguido encontrar;
pero ahora que lo has hecho, no lo dejes escapar.
Lo tenías que haber hecho mucho
antes y eres consciente de ello, pero el pasado es un tema que no admite
segundas oportunidades, ni cambios. Una vez lo has hecho no hay vuelta atrás.
…
No tienen razones para utilizarte
de esa forma. Tú nunca lo haces; es más, solamente intentas solucionar las
cosas y dar a los demás la mejor parte de ti. Pero ya sabes lo que se suele
decir, que de buena a tonta hay un paso. Y tú lo has dado; has dejado que se
aprovechen de esa niña que llevas dentro.
Paras la música, pero el dolor de
cabeza continúa, y es que no se conforma con mantener el nivel de tortura, sino
que más bien aumenta de forma progresiva atormentando tus pensamientos. Y en
esos momentos, tus párpados se cierran dando paso a un profundo sueño que te
ayudaría a despejar esa martirizada cabecita que hoy se ha ocupado de dar mil y
una vueltas a ciertas cosas sin explicación.
…
Hora y media más tarde, enredada
entre unas esponjosas sábanas de algodón, se encuentran esas delicadas piernas
de las cuales eres dueña. Una vez consigues sacarlas de ese dulce y agradable
enredo, comienzas a darte cuenta de las cosas: de que en tu habitación está
sonando esa canción que tanto te gusta, ‘Angel’
de The Corrs; de que un sol cegador entra por las rejillas de las persianas que
dejaste abiertas por puro agotamiento, lo cual quiere decir que el verano está
entrando, y que únicamente queda la recta final para esas esperadas vacaciones
de verano; de que en una de las blancas estanterías situadas encima de ti hay
una conmovedora foto en blanco y negro de aquellas personas que han demostrado
conocer el verdadero significado de la palabra amistad; y de que sobre el
escritorio tienes el calendario personalizado que te regaló tu hermanita por
navidades, con una cruz rotulada por un grueso permanente gordo en el día 30 de
ese mismo mes que indica que Ainhoa está a punto de llegar, tu tía sale de
cuentas.
Te levantas, te vistes sin prisa
alguna, y una vez te colocas esos llamativos shorts vaqueros, las zapatillas de andar por casa vuelven a tus
pies para permitirte seguir vagabundeando por la habitación al tiempo que
colocas los desperfectos que causaste en ella por la desolación que amenazaba
tu cuerpo el día anterior.
Encuentras el teléfono bajo la
cama, y en su pantalla de inicio 248 notificaciones: 235 pertenecen a whatsapps
con diferentes motivos; las trece restantes son mensajes y llamadas suyas; pero
ayer necesitabas estar sola y pensar… por lo que apagaste el móvil y le
quitaste la batería.
Poco a poco comienzas la lectura
de todos y cada uno de los mensajes y piensas en la respuesta que van a recibir
aquellas personas que están preocupadas por ti de verdad. Ayer las dejaste muy
disgustadas, por lo que lo más probable es que sus horas de sueño hayan sido
más bien escasas. Son pocas, pero son las importantes. Aquellas que te quieren por
ser quien eres, con tus más y tus menos. No importa dónde las conociste, si fue
disfrutando con ese sueño al que las personas ajenas a su esencia llaman
‘baloncesto’, o fue en el mismo colegio en el que hoy día continúas tus
estudios; ni mucho menos cuándo tuvo lugar ese premio que el destino te
concedió, porque por muy corto que sea el camino, quien pisa fuerte, deja
huella.
La clave está en que son ellas
las que te están enseñando a ignorar eso que tanto sufrimiento te ha hecho
vivir; porque al fin y al cabo son simples palabras traídas por la envidia;
pero una vez han sido pronunciadas se las lleva el viento. Y no intentes
buscarlas para borrar los daños ocasionados porque es
inútil: son PALABRAS.
